TEXT REVELACIONES Juan Vicente Valiaga
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REVELACIONES , de Juan Vicente Aliaga


Ahora que asistimos, sin pudor alguno, a la entronización de la pintura figurativa, quizá resulte pertinente preguntarse por la autenticidad de este vertiginoso retorno.

En pocos años hemos pasado del exclusivismo ideológico del conceptual art (en donde la pintura había sido proscrita como si se tratara de un cadáver hediondo), al esplendor del tubo y del empaste, al brillo de imágenes y perspectivas clasicistas.

Muchos artistas – seres camaleónicos donde los haya – transmutaron la regla. El compás y el vídeo por espátulas, brochas y pinceles. Pero las diferencias, claro está, no se miden tan sólo por el manejo de una u otra technique, sino por el espíritu o duende que, de vez en cuando, aparece como rey verdadero en la personalidad de un creador.

¿Y qué necesita pues un artista para descubrir ese « no sé qué » que flota en la obra bien hecha? Es difícil dar recetas en esta época tan descreída y vanidosa; sin embargo, no me parece que esté de más nombrar algunos de estos condicionamientos que afloran en la autenticidad de un artista, por muy bastarda que se pretenda su actitud estética.

Sensibilidad, inteligencia, imaginación, oficio, cultura, entusiasmo son acaso los sustantivos más adecuados, aunque bien podríamos añadir otros a fin de redondear esa imagen arquetípica (que nunca lo sería del todo) del artista que, por encima de cualquier premisa, cree en sí mismo y más allá de influencias externas (que no son, per se, beneficiosas o dañinas) deja brotar una fuerte personalidad, un sello original e intransferible.

No me atrevería a hablar de « ilusiones perdidas » como hace el ensayista inglés Meter Fuller para hacerme eco del creciente sentimiento que sacude al artista de hoy. Tampoco sabría decir si es preciso lanzarse a la búsqueda de una nueva ética, como él propone, que sustituya a los antiguos preceptos morales; lo que si parece evidente, en cambio, es que existe un revestimiento de los viejos valores del pasado, y eso se debe, a mi parecer, a que no han periclitado todavía algunas de las fórmulas de otros tiempos. ¿Decadencia, falta de ideas, o simplemente continuidad de lo inevitable?

II

¿Qué hay de todo lo dicho hasta el momento en la pintura de Juan José Barberá?

En primer lugar, un fresco reconocimiento hacia un pintor que trabaja constantemente sumido en la preocupación de hallar el mejor resultado.

Desde que empezó a barruntar la figura ambivalente de Eva – paraíso e infierno al alcance de un solo personaje mítico -, hace ya más de un año, su estudio se ha visto poblado de una infinidad de rostros femeninos dibujados y/o pintados con una gama de posibilidades asaz variada.
¿Tesón, constancia o repetición?
Yo diría que un afán insaciable por encontrar esa spitting image que Barberá acaricia en su interior. Un vivo retrato que no tenía por qué corresponder con el tradicionalismo y la estulticia de la figura bíblica.
Así, Eva, envuelta en un cromatismo agrio, se arrastra o acurruca, camina a gatas, o sencillamente se estira como un felino complaciente. Eva o cualquier mujer, eso es lo de menos, pues lo que prevalece en esta serie de figuras de cabeza dislocada y gesto animal es el acre olor primitivo que exhalan. ¿Es esto una concesión a la vorágine expresionista, o más bien una rudeza expresiva? Me inclinaría del lado de la segunda proposición, aunque con una necesaria salvedad que aclare el posible malentendido.

Barberá no es un pintor refinado, dado a excelencias decorativistas o asombrosos destellos cromáticos. Su pintura es basta, tosca, desgarbada y ahí precisamente reside su interés, su fuerza. Esa ausencia de aliño no es una carencia sino una calidad, una plasmación exultante de su personalidad.

Barberá hace uso, por otro lado, de los viejos valores convencionales para revestirlos con una piel diferente. ¿ Qué es la pintura sino una serie de capas coloreadas que cubren la superficie del lienzo de una manera más o menos ordenada ?.

Y esa piel adquiere en su manière tonalidades ásperas preñadas de un cromatismo sucio, embadurnado con la acción de las manos. Ni que decir tiene que la corporeidad (el empaste) está presente en esa maraña turbia de pigmentos. Una corporeidad que, sin embargo, no acapara la superficie pintada.

Barberá no ama el caos, tan sólo nos quiere llevar al precipicio. Así sus obras se componen, inteligentemente, de pocos elementos, lo cual permite al espectador seguir la trama plástica sin dificultad, a pesar de la confusa sucesión de línea-dibujo-color.

La autenticidad de su pintura, aún con los palpables guiños al New Imaginism, está en saber adaptarse a un espacio dado al que agujerea o rasga sin contemplación alguna, y donde el único reverbero decorativista – aspas, peces, cruces, grafismos – no es tal, sino la ambientación justa para una atmósfera ronca, desmañada y primitiva.


III


Seres primarios como en el fondo somos los humanos, aunque nos cubramos con rozagantes vestidos, está claro que, a la postre, siempre estamos hablando de lo mismo: muerte, vida, deseo, alimento, trabajo…

No hay entonces retorno que nos parezca extraño, pues cualquier vuelta al Origen es tan sólo un recodo en el camino. Lo que importa es saber elegir el momento adecuado y la vereda más sensata.

Lo fue Dios para Rouault, la magia de lo arcaico para Gauguin, la angustia vital para Soutine.

Barberá es todavía joven y el camino es bien largo, no obstante, a pesar de lo intrincado de la ruta, ya alborean en su obra algunas revelaciones.


Oxford, noviembre de 1985.

>>> DICCIONARIO DE ARTISTAS VALENCIANOS DEL SIGLO XX
>>> UNA ETAPA GERMINAL
      del manuscrito autobiografico de Juan Barbera
>>> ENTRE TRADICIÓN Y MODERNIDAD
      Juan Manuel Bonet sobre las obras de Juan Barbera en 1986
>>> A DIEZ ESCALONES DE LA TRANSVANGUARDIA
      Reflexiones de una autobiografía de Juan Barbera
>>> LOS VIAJES
      Carles Marco, 2007
>>> REVELACIONES
      Juan Vicente Aliaga
>>> BODEGONES FIN DE SIGLO
      Manuel Garcia
 
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